domingo, 6 de mayo de 2007

Mi sentido perdido (primera entrega)

Hola a todas. A pesar del tiempo transcurrido, no deja de tener vigencia este relato breve que escribí, de forma casi automática, un día en compañía de mis gatas Santa y Clara justo en la frontera de mis primeros 30 años, en diciembre de 1997.
Esta escritura que yo denomino "terapéutica" me ha ayudado a conocerme más y a descubrir todo lo que todavía tengo que mejorar de mí misma. Volver a leer lo escrito me enfrenta a sentimientos y emociones que una vez viví y ahora, con la perspectiva de los años, una ligera e ingenua sonrisa de complicidad se dibuja en mi rostro al descubrir que la mujer que fui ha hecho posible la mujer que ahora soy.
Espero que podais leer estas palabras con el prisma de la década que hemos dejado atrás, que recordéis cómo erais vosotras en 1997 y comprendais que la vida nos ofrece siempre una segunda oportunidad, sólo tenemos que estar atentas y no dejarla escapar. Los amores pasados nos han permitido acceder a los amores presentes y las heridas nunca han sido en vano, las cicatrices internas son una válvula que nos avisa que debemos valorar cada minuto que vivimos como si fuera el último.

¿Qué hubiera pasado si no me hubiera despertado aquel 5 de diciembre de 1988?

Aquí os dejo con el primer capítulo del relato. Espero vuestras críticas y prometo escribir "Mi sentido perdido" en versión actual, justo en la frontera de mis cuarenta años. Puede ser total !!! jajaja
Bona nit!!!


Mi sentido perdido (primera entrega de 3)

Últimamente no doy una. Me he empeñado en fingir que una poderosa gripe se ha apoderado de mi cuerpo y no me quiere abandonar. Es cierto que me duele horrores la cabeza -dice mi madre que es por la fiebre, pero no paso de los 37,03º- estoy congestionada y noto un cosquilleo en mi frente muy difícil de explicar, que me hace estornudar por etapas. Pero yo sé que hay "algo-más" que recrudece mi estado y me convierte en un alma en pena deambulando por esta casa grandiosa y solitaria desde tu partida. Y ese "algo-más" me preocupa.
Acabo de descubrir que la última vez que me corté las uñas me olvidé la del dedo meñique de mi mano izquierda -será que me acerco vertiginosamente a esta edad en que una piensa que ya no puede ser considerada ni una adolescente, ni siquiera una jovencita, sino ya una "s-e-ñ-o-r-a" con todas las letras- A lo mejor deseo retener el tiempo y congelarlo para no tener que confesar que, en el borde mismo de mis primeros treinta años, no he dado aún respuesta a los enigmas del mundo que me rodea, ni a mis fantasmas cotidianos, ni siquiera he conseguido calmar mi propia conciencia, testaruda y rebelde.
Una de mis gatas está a los pies de mi cama, relajada y feliz, ajena a todo y respirando acompasadamente. Contemplo unos segundos el desafío de su figura descaradamente felina y no puedo evitar envidiar, con todas mis fuerzas, su delicada elegancia y su porte de gata atigrada reluciente y poderosa.
Me contemplo en mi estado actual: en el fondo temo escudriñar en mi espíritu por miedo a encontrar algún leve indicio de flaqueza. Sorprendo a la soledad pegada a mis párpados, descansando sobre mis mejillas, saltando entre las yemas de mis dedos y arrastrando tras de sí un dolor antiguo y tenaz, construido por recuerdos que me acechan desde lejos como si fuesen nubarrones repletos de colores indescifrables, vacíos e inquietantes.
Me ha costado mucho aprender a vivir sin reconocer los olores de mi alrededor, después de veinte años haciéndolo con total normalidad. Aquel accidente de moto me marcó para siempre. Afortunadamente, la pérdida del sentido del olfato fue un mal menor, al lado de lo que pudo haberme sucedido. Recuerdo que fue entonces cuando te diste cuenta de que me amabas: cuando pudiste haberme perdido para siempre.

Aún ahora, después de nueve años de aquel percance, a menudo sueño que huelo y creo reconocer -vuelvo a encontrarme con- todo lo que me rodea. Incluso estando despierta si cierro los ojos y hago un esfuerzo de evocación recuerdo el olor del café recién hecho, de la mantequilla, del que desprende el limonero, de la tierra mojada después de la lluvia, de las sábanas después del amor, del deseo en tu piel... sueño que huelo y así me consuelo. La verdad es que no practico lo suficiente mi memoria olfativa, mis neuronas son perezosas (hechas a mi imagen y semejanza) y aquéllas, las responsables de descodificar esta información, se destrozaron en aquel accidente (...)

(continuará...)

No hay comentarios: