martes, 8 de mayo de 2007

Mi sentido perdido (segunda entrega)

(...) ¿Os imagináis una mujer sin olfato? Pues esa soy yo. Es una carencia imperceptible a los ojos de los demás, que no te discriminan conscientemente, pero que suelen meter la pata hasta el cuello una y otra vez. Tengo una gran amiga que cada vez que nos vemos se empeña en preguntarme, por ejemplo: ¿no hueles algo raro? ¿Te gusta mi nueva colonia?, ahora huele a esto... ¿no lo notas? y yo, cansada ya de explicarle lo de mi accidente, mi fractura de cráneo, mis neuronas aplastadas, con una paciencia nada usual en mi -sé que no lo hace adrede- miro a otra parte hasta que ella se da cuenta... ¡ah! perdona, siempre se me olvida que tú no hueles nada, ¡mira que me lo has repetido mil veces!!

Peor es mi familia: mi hermana mayor está empeñada en decir cada vez que comemos juntas que yo no tengo paladar y que no noto el sabor de los alimentos. La verdad es que, en todo este tiempo, he tenido que inventarme un sistema nuevo para reconocer los sabores, ya que los alimentos más olorosos pierden mucho si careces de olfato. Es cuando pongo en marcha el motor de mi imaginación y puedo llegar a descubrir otras exquisiteces en la comida: su rugosidad, su forma, su elasticidad, su cuerpo, su "nosequé"... , pero ese algo diferente que suele pasar casi desapercibido, ya que el olor es tan intenso que el resto de cualidades (y defectos) que puede poseer cualquier manjar carecen de importancia.
Dicen que si te falta un sentido agudizas más algún otro, o el resto de los sentidos. Para mi desgracia, con el de la vista tengo pocas esperanzas, uso gafas para ver mejor desde los trece años, o sea, que es muy difícil que mejore este sentido, más bien al contrario, debo hacer esfuerzos para que no aumenten mis dioptrías año tras año.
Tampoco noto que el sentido del tacto se me haya desarrollado excesivamente desde que carezco de olfato. Me estremezco igual que siempre con las caricias, sigo teniendo las mismas cosquillas (que mi sobrino David se empeña en poner a prueba siempre que voy a casa de mi madre a comer) y suelo tener las manos heladas en invierno como casi todo el mundo –menos tú que decías que las guardabas siempre en buen sitio-.
En cambio, el oído puede que haya sido el único sentido que entrene conscientemente, no sé si por mi talante curioso (que no cotilla, no confundamos) o por mi capacidad de escuchar, virtud que he ido atesorando poco a poco en mi profesión, donde es imprescindible saber escuchar, incluso a aquellas personas que no utilizan mi mismo código. De todas formas, no hay que olvidar que una cosa es "oír" palabras y otra bien distinta, "escuchar" a quien te está hablando, pero para conseguir la segunda necesitas como condición "sine qua non" la primera (siempre que nos refiramos al lenguaje verbal).
También mis oídos se han tenido que acostumbrar a escuchar algunos silencios, algunas veces incómodos, otras veces balsámicos, y mi corazón, gracias a ello, ha aprendido que para conocer realmente a una persona no debes fijarte tanto en lo que dice, sino en lo que calla; pero esto entraría a formar parte de otro sentido, el llamado "sexto sentido" atribuido, en exclusiva, a la condición femenina. Aunque he conocido mujeres que dan a entender que carecen absolutamente de él (no porque no lo posean, sino porque no se escuchan a sí mismas) y conozco hombres -pocos, eso sí- que demuestran tener una capacidad maravillosa para irradiar por los cuatro costados ese “algo” especial. Dicen que es como una intuición, o percepción sigilosa, que se adquiere con la madurez. Viene a ser como la sensación que te oprime el pecho o que te agujerea las palmas de las manos cuando no quieres reconocer que una relación está deteriorándose o que los años pasan inexorablemente. Incluso, quién sabe, puede que sea ese escalofrío que te estremece al notar en la piel el instante en que muere tu propio padre o el adiós para siempre de un amigo derrotado por el Sida. Este aprendizaje que la vida te brinda y que debes aprovechar porque sabes con certeza que no se va a volver a repetir. Hay un momento para cada cosa. Hay que saber esperar y saber reconocer. (...)
Continuará...

1 comentario:

Alicia Rocafull dijo...

He caido aquí por una casualidad (una casualidad llamada Dable)y me he dado una vuelta y me ha gustado lo que voy viendo. Ya lo leeré con más detenimiento.
Un beso sáfico exclusivo para ti.