A jazmín versión María de Medeiros (hay que esperar sólo 20 segundos a que acabe la publicidad)
Para una verdadera fan de El Último de la Fila como yo (fan viene de fanática, imagino) saber que versionan una de sus canciones me crea sensaciones ambivalentes: por un lado siento que es una intromisión, aunque por otro lado me alegra saber que alguien, en este caso una mujer, ha elegido una canción de mi grupo favorito para darle un toque personal.
No he podido (sabido) colgar el vídeo directamente, pero os dejo el enlace de la versión de la canción "A jazmín" que hace María de Medeiros. La canción original es la número 9 del disco de EUDLF "Nuevo pequeño catálogo de seres y estares" que editaron Quimi Portet y Manolo García en el año 1990, hace ya 20 años, qué barbaridad, yo estaba en mi plena juventud !!!
La verdad es que me ha sorprendido la gracia y la sensualidad de Maria cantando esta deliciosa canción... os la recomiendo, buen rollito!!
Os dejo la letra de esta nana tan especial:
A jazmín,
mi niña huele a jazmín.
A mujer
y a flores del amanecer;
a agua de mar,
a aire fresco y a sol.
Una triste maleta
para un triste caminar;
luz triste de hotel de ciudad.
Sólo hay una cosa
que me pueda confortar
recordar a mi niña
lejos del hogar.
A jazmín,
mi niña huele a jazmín.
A mujer
y a flores del amanecer.
¡Cómo huele mi niña!
A aire fresco y a sol,
a agua de mar y a romero,
a flores del amanecer,
a sal, a tronco de olivo
a espiga de trigo en Abril,
a hinojo y a rocio,
a nube, a espuma y a xampany,
a cera de cirio y a incienso...
Mi niña huele a jazmín.
Y cómo no... el jazmín me recuerda a mi infancia, a mi madre... es mi flor favorita!! lástima que con mi anosmia ya no pueda volverla a oler...
lesbiana feminista con alma de poeta, busca lugar en el subespacio marino de las profundidades para inmunizarse de los efectos del planeta patriarcado. Si pudiera vivir en un mar, sería en el de la tranquilidad, o sea, en la luna!!! ESTE ES UN BLOG INTIMISTA-ACTIVISTA-FEMINISTA-LESBIANO... CON MUCHO ORGULLO!!!! Bienvenidas seáis a mi mar particular... Maremar, doneu-nos pau!!! com diu en LLuís Llach.
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sábado, 3 de abril de 2010
miércoles, 9 de mayo de 2007
Mi sentido perdido (tercera y última entrega)
Con tanta trascendencia, mis estornudos han cesado, cosa rara. Como mi madre me ha hecho llegar comida a casa, "no te levantes a cocinar que cogerás frío" -me ha dicho por teléfono- aprovecho para llenar mi estómago de algo sólido y de sopita caliente. Cojo un edredón y me dirijo al sofá, con todo a punto, enciendo el televisor y... ¡Qué horror! ¡No puede ser!, esto es un tormento, un boicot psicológico: ¡Todo son anuncios de colonias! Bueno, también hay perfumes (y no olvidemos los ambientadores del hogar). No es justo. No me basta con ser una minusválida neuronal carente de descodificador para todo lo que entra por mi nariz (tengo nariz, ¿eh?), sino que los spots publicitarios previos a este inevitable aluvión-consumista-pre-navideño hacen referencia al oler y al ser olido u olida, depende. Y no acaba aquí todo. Después vienen los Reyes Magos. Casi nada. La fragancia que te viste, el olor para mí, el olor para él, el olor para mi casa y así sucesiva y monótonamente. Es como un martilleo constante de neuronas enfurecidas en mi cerebro -las otras, las que sobrevivieron- una especie de rabia al no poder ir a una perfumería y hartarme de pedir muestras de este perfume, aquél y el de más allá; una impotencia incomprendida que me invade al no poder distinguirte por tu aroma, sino sólo por la magia del contacto de mis labios en tu piel o por el calor que desprenden tus abrazos.
Es inevitable: la maldita Navidad llega a nuestros hogares. Vueeeeeelve a casa, vueeeeeelve (menos mal que éste es de turrón). Y yo aquí, más tirada que la una, buscando un motivo para que el aburrimiento no me venza, deseando estar en otra parte -tú ya sabes cuál- haciendo esfuerzos para no imaginarme atracando una perfumería, por cierto, ¡seguro que yo tendría una coartada perfecta!. Riiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiing! Buen momento para sonar el teléfono.
Descuelgo:
- ¿Sí?
- Estoy un poco mejor.
- No, no hace falta que vengas, que...
- No, que no me moriré por un simple resfriado, no, no tengo fiebre...
- sí, ya lo sé, pero tú también estás bien cargada de los bronquios como siempre, te lo noto en la voz, ¿a que no has ido a la consulta de tu médica?...
- sí, lo sé, la hija soy yo, pero te recuerdo que dentro de diez días cumplo treinta años, por cierto...
- Bueno, sí, lo haré, que sí, que sííííí...
- Te llamaré si te necesito, vale, adéu[1].
- Sí, adéu, adéu.
Cuelgo.
Era mi madre otra vez. Ya me ha llamado dos veces. Como siempre haciendo intentos para que yo siga siendo una mimada odiosa e inaguantable. La adoro, aunque no me deje crecer.
Intuyo que todo esto en el fondo no debe ser más que consecuencia de esta crisis tan "sui generis", del hecho de no poder evitar tener que anteponer, dentro de escasos días, un tres en lugar de un dos cuando pasen los años. Este sentimiento es como una Espada de Damocles muy particular aunque, en el fondo, no sea más que hacer una montaña de un grano de arena. ¿Realmente ignoro lo que me ha hecho fingir esta especie de gripe emocional? Tal vez sólo sea el temor a que mi madurez parezca un espejismo lo que hace que me niegue a profundizar dentro de mí y a esconderme tras los mocos, las pataletas y la idea fija de permanecer encerrada en casa, con el sol tan espléndido que hace fuera. Aquel "algo-más" planea de nuevo por mi cabeza como un satélite girando en su órbita. ¿Será el miedo a hacerme mayor? ¿Será el miedo a estar sola? ¿Será que llega la Navidad y yo con estos pelos? ¿Será que no sé qué perfume comprarme porque, me ponga el que me ponga, no notaré el resultado? ¿Será que estoy a punto de dejar un trabajo que me gusta para poder llegar a hacer otro que me guste más? ¿Será que no sé lo que es, ni sabré nunca lo que pudo haber sido? Sea como sea, voy ahora mismo a ponerme el termómetro, creo que esta vez va en serio y estoy de-li-ran-do. ¿O serán también imaginaciones mías este estrés, esta angustia por lo nuevo, este agobio, esta soledad autoimpuesta, estas alucinaciones olfativas, estos kilos de más? (no, esto último seguro que no, sin olfato sí, pero anoréxica a estas alturas, ni hablar). A ver... 36,92º, no, no tengo fiebre.
Pues sí, a veces suelo tener alucinaciones olfativas, es decir, que creo oler algo que posiblemente no exista en realidad en ese preciso instante, pero que a pesar de ello lo huelo y soy consciente de que es fruto de mi imaginación. Vamos, una alucinación. Pero parece real, insisto. A mí me basta. A falta de pan...No sé, entre esta Navidad que se adivina pegajosa, con obligación incluida de ser feliz, mi sentido perdido (el olfato, claro), mi complejo de vaca suiza y mi futuro profesional en vilo, no sé cómo voy a llegar a fin de año. Bueno, sea como sea que sea ya, me da lo mismo, mientras vuelvas a mi lado y todo sea como antes y me abraces y me mimes y me protejas y me dejes imaginar, como cada noche, que tu piel huele a hierba fresca y tu cabello a jazmín, la misma diminuta flor que, de pequeña, siempre recogía del suelo a la vuelta del colegio y le entregaba a mi madre que, sin dejar de coser, la introducía en uno de los orificios de su respingona nariz.
[1] "Adiós" en mi lengua materna. (Nota de la autora).
He empezado con la versión "crisis de los cuaren..." jajaja
Es inevitable: la maldita Navidad llega a nuestros hogares. Vueeeeeelve a casa, vueeeeeelve (menos mal que éste es de turrón). Y yo aquí, más tirada que la una, buscando un motivo para que el aburrimiento no me venza, deseando estar en otra parte -tú ya sabes cuál- haciendo esfuerzos para no imaginarme atracando una perfumería, por cierto, ¡seguro que yo tendría una coartada perfecta!. Riiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiing! Buen momento para sonar el teléfono.
Descuelgo:
- ¿Sí?
- Estoy un poco mejor.
- No, no hace falta que vengas, que...
- No, que no me moriré por un simple resfriado, no, no tengo fiebre...
- sí, ya lo sé, pero tú también estás bien cargada de los bronquios como siempre, te lo noto en la voz, ¿a que no has ido a la consulta de tu médica?...
- sí, lo sé, la hija soy yo, pero te recuerdo que dentro de diez días cumplo treinta años, por cierto...
- Bueno, sí, lo haré, que sí, que sííííí...
- Te llamaré si te necesito, vale, adéu[1].
- Sí, adéu, adéu.
Cuelgo.
Era mi madre otra vez. Ya me ha llamado dos veces. Como siempre haciendo intentos para que yo siga siendo una mimada odiosa e inaguantable. La adoro, aunque no me deje crecer.
Intuyo que todo esto en el fondo no debe ser más que consecuencia de esta crisis tan "sui generis", del hecho de no poder evitar tener que anteponer, dentro de escasos días, un tres en lugar de un dos cuando pasen los años. Este sentimiento es como una Espada de Damocles muy particular aunque, en el fondo, no sea más que hacer una montaña de un grano de arena. ¿Realmente ignoro lo que me ha hecho fingir esta especie de gripe emocional? Tal vez sólo sea el temor a que mi madurez parezca un espejismo lo que hace que me niegue a profundizar dentro de mí y a esconderme tras los mocos, las pataletas y la idea fija de permanecer encerrada en casa, con el sol tan espléndido que hace fuera. Aquel "algo-más" planea de nuevo por mi cabeza como un satélite girando en su órbita. ¿Será el miedo a hacerme mayor? ¿Será el miedo a estar sola? ¿Será que llega la Navidad y yo con estos pelos? ¿Será que no sé qué perfume comprarme porque, me ponga el que me ponga, no notaré el resultado? ¿Será que estoy a punto de dejar un trabajo que me gusta para poder llegar a hacer otro que me guste más? ¿Será que no sé lo que es, ni sabré nunca lo que pudo haber sido? Sea como sea, voy ahora mismo a ponerme el termómetro, creo que esta vez va en serio y estoy de-li-ran-do. ¿O serán también imaginaciones mías este estrés, esta angustia por lo nuevo, este agobio, esta soledad autoimpuesta, estas alucinaciones olfativas, estos kilos de más? (no, esto último seguro que no, sin olfato sí, pero anoréxica a estas alturas, ni hablar). A ver... 36,92º, no, no tengo fiebre.
Pues sí, a veces suelo tener alucinaciones olfativas, es decir, que creo oler algo que posiblemente no exista en realidad en ese preciso instante, pero que a pesar de ello lo huelo y soy consciente de que es fruto de mi imaginación. Vamos, una alucinación. Pero parece real, insisto. A mí me basta. A falta de pan...No sé, entre esta Navidad que se adivina pegajosa, con obligación incluida de ser feliz, mi sentido perdido (el olfato, claro), mi complejo de vaca suiza y mi futuro profesional en vilo, no sé cómo voy a llegar a fin de año. Bueno, sea como sea que sea ya, me da lo mismo, mientras vuelvas a mi lado y todo sea como antes y me abraces y me mimes y me protejas y me dejes imaginar, como cada noche, que tu piel huele a hierba fresca y tu cabello a jazmín, la misma diminuta flor que, de pequeña, siempre recogía del suelo a la vuelta del colegio y le entregaba a mi madre que, sin dejar de coser, la introducía en uno de los orificios de su respingona nariz.
[1] "Adiós" en mi lengua materna. (Nota de la autora).
He empezado con la versión "crisis de los cuaren..." jajaja
martes, 8 de mayo de 2007
Mi sentido perdido (segunda entrega)
(...) ¿Os imagináis una mujer sin olfato? Pues esa soy yo. Es una carencia imperceptible a los ojos de los demás, que no te discriminan conscientemente, pero que suelen meter la pata hasta el cuello una y otra vez. Tengo una gran amiga que cada vez que nos vemos se empeña en preguntarme, por ejemplo: ¿no hueles algo raro? ¿Te gusta mi nueva colonia?, ahora huele a esto... ¿no lo notas? y yo, cansada ya de explicarle lo de mi accidente, mi fractura de cráneo, mis neuronas aplastadas, con una paciencia nada usual en mi -sé que no lo hace adrede- miro a otra parte hasta que ella se da cuenta... ¡ah! perdona, siempre se me olvida que tú no hueles nada, ¡mira que me lo has repetido mil veces!!
Peor es mi familia: mi hermana mayor está empeñada en decir cada vez que comemos juntas que yo no tengo paladar y que no noto el sabor de los alimentos. La verdad es que, en todo este tiempo, he tenido que inventarme un sistema nuevo para reconocer los sabores, ya que los alimentos más olorosos pierden mucho si careces de olfato. Es cuando pongo en marcha el motor de mi imaginación y puedo llegar a descubrir otras exquisiteces en la comida: su rugosidad, su forma, su elasticidad, su cuerpo, su "nosequé"... , pero ese algo diferente que suele pasar casi desapercibido, ya que el olor es tan intenso que el resto de cualidades (y defectos) que puede poseer cualquier manjar carecen de importancia.
Dicen que si te falta un sentido agudizas más algún otro, o el resto de los sentidos. Para mi desgracia, con el de la vista tengo pocas esperanzas, uso gafas para ver mejor desde los trece años, o sea, que es muy difícil que mejore este sentido, más bien al contrario, debo hacer esfuerzos para que no aumenten mis dioptrías año tras año.
Tampoco noto que el sentido del tacto se me haya desarrollado excesivamente desde que carezco de olfato. Me estremezco igual que siempre con las caricias, sigo teniendo las mismas cosquillas (que mi sobrino David se empeña en poner a prueba siempre que voy a casa de mi madre a comer) y suelo tener las manos heladas en invierno como casi todo el mundo –menos tú que decías que las guardabas siempre en buen sitio-.
En cambio, el oído puede que haya sido el único sentido que entrene conscientemente, no sé si por mi talante curioso (que no cotilla, no confundamos) o por mi capacidad de escuchar, virtud que he ido atesorando poco a poco en mi profesión, donde es imprescindible saber escuchar, incluso a aquellas personas que no utilizan mi mismo código. De todas formas, no hay que olvidar que una cosa es "oír" palabras y otra bien distinta, "escuchar" a quien te está hablando, pero para conseguir la segunda necesitas como condición "sine qua non" la primera (siempre que nos refiramos al lenguaje verbal).
También mis oídos se han tenido que acostumbrar a escuchar algunos silencios, algunas veces incómodos, otras veces balsámicos, y mi corazón, gracias a ello, ha aprendido que para conocer realmente a una persona no debes fijarte tanto en lo que dice, sino en lo que calla; pero esto entraría a formar parte de otro sentido, el llamado "sexto sentido" atribuido, en exclusiva, a la condición femenina. Aunque he conocido mujeres que dan a entender que carecen absolutamente de él (no porque no lo posean, sino porque no se escuchan a sí mismas) y conozco hombres -pocos, eso sí- que demuestran tener una capacidad maravillosa para irradiar por los cuatro costados ese “algo” especial. Dicen que es como una intuición, o percepción sigilosa, que se adquiere con la madurez. Viene a ser como la sensación que te oprime el pecho o que te agujerea las palmas de las manos cuando no quieres reconocer que una relación está deteriorándose o que los años pasan inexorablemente. Incluso, quién sabe, puede que sea ese escalofrío que te estremece al notar en la piel el instante en que muere tu propio padre o el adiós para siempre de un amigo derrotado por el Sida. Este aprendizaje que la vida te brinda y que debes aprovechar porque sabes con certeza que no se va a volver a repetir. Hay un momento para cada cosa. Hay que saber esperar y saber reconocer. (...)
Continuará...
Peor es mi familia: mi hermana mayor está empeñada en decir cada vez que comemos juntas que yo no tengo paladar y que no noto el sabor de los alimentos. La verdad es que, en todo este tiempo, he tenido que inventarme un sistema nuevo para reconocer los sabores, ya que los alimentos más olorosos pierden mucho si careces de olfato. Es cuando pongo en marcha el motor de mi imaginación y puedo llegar a descubrir otras exquisiteces en la comida: su rugosidad, su forma, su elasticidad, su cuerpo, su "nosequé"... , pero ese algo diferente que suele pasar casi desapercibido, ya que el olor es tan intenso que el resto de cualidades (y defectos) que puede poseer cualquier manjar carecen de importancia.
Dicen que si te falta un sentido agudizas más algún otro, o el resto de los sentidos. Para mi desgracia, con el de la vista tengo pocas esperanzas, uso gafas para ver mejor desde los trece años, o sea, que es muy difícil que mejore este sentido, más bien al contrario, debo hacer esfuerzos para que no aumenten mis dioptrías año tras año.
Tampoco noto que el sentido del tacto se me haya desarrollado excesivamente desde que carezco de olfato. Me estremezco igual que siempre con las caricias, sigo teniendo las mismas cosquillas (que mi sobrino David se empeña en poner a prueba siempre que voy a casa de mi madre a comer) y suelo tener las manos heladas en invierno como casi todo el mundo –menos tú que decías que las guardabas siempre en buen sitio-.
En cambio, el oído puede que haya sido el único sentido que entrene conscientemente, no sé si por mi talante curioso (que no cotilla, no confundamos) o por mi capacidad de escuchar, virtud que he ido atesorando poco a poco en mi profesión, donde es imprescindible saber escuchar, incluso a aquellas personas que no utilizan mi mismo código. De todas formas, no hay que olvidar que una cosa es "oír" palabras y otra bien distinta, "escuchar" a quien te está hablando, pero para conseguir la segunda necesitas como condición "sine qua non" la primera (siempre que nos refiramos al lenguaje verbal).
También mis oídos se han tenido que acostumbrar a escuchar algunos silencios, algunas veces incómodos, otras veces balsámicos, y mi corazón, gracias a ello, ha aprendido que para conocer realmente a una persona no debes fijarte tanto en lo que dice, sino en lo que calla; pero esto entraría a formar parte de otro sentido, el llamado "sexto sentido" atribuido, en exclusiva, a la condición femenina. Aunque he conocido mujeres que dan a entender que carecen absolutamente de él (no porque no lo posean, sino porque no se escuchan a sí mismas) y conozco hombres -pocos, eso sí- que demuestran tener una capacidad maravillosa para irradiar por los cuatro costados ese “algo” especial. Dicen que es como una intuición, o percepción sigilosa, que se adquiere con la madurez. Viene a ser como la sensación que te oprime el pecho o que te agujerea las palmas de las manos cuando no quieres reconocer que una relación está deteriorándose o que los años pasan inexorablemente. Incluso, quién sabe, puede que sea ese escalofrío que te estremece al notar en la piel el instante en que muere tu propio padre o el adiós para siempre de un amigo derrotado por el Sida. Este aprendizaje que la vida te brinda y que debes aprovechar porque sabes con certeza que no se va a volver a repetir. Hay un momento para cada cosa. Hay que saber esperar y saber reconocer. (...)
Continuará...
domingo, 6 de mayo de 2007
Mi sentido perdido (primera entrega)
Hola a todas. A pesar del tiempo transcurrido, no deja de tener vigencia este relato breve que escribí, de forma casi automática, un día en compañía de mis gatas Santa y Clara justo en la frontera de mis primeros 30 años, en diciembre de 1997.
Esta escritura que yo denomino "terapéutica" me ha ayudado a conocerme más y a descubrir todo lo que todavía tengo que mejorar de mí misma. Volver a leer lo escrito me enfrenta a sentimientos y emociones que una vez viví y ahora, con la perspectiva de los años, una ligera e ingenua sonrisa de complicidad se dibuja en mi rostro al descubrir que la mujer que fui ha hecho posible la mujer que ahora soy.
Espero que podais leer estas palabras con el prisma de la década que hemos dejado atrás, que recordéis cómo erais vosotras en 1997 y comprendais que la vida nos ofrece siempre una segunda oportunidad, sólo tenemos que estar atentas y no dejarla escapar. Los amores pasados nos han permitido acceder a los amores presentes y las heridas nunca han sido en vano, las cicatrices internas son una válvula que nos avisa que debemos valorar cada minuto que vivimos como si fuera el último.
¿Qué hubiera pasado si no me hubiera despertado aquel 5 de diciembre de 1988?
Aquí os dejo con el primer capítulo del relato. Espero vuestras críticas y prometo escribir "Mi sentido perdido" en versión actual, justo en la frontera de mis cuarenta años. Puede ser total !!! jajaja
Bona nit!!!
Esta escritura que yo denomino "terapéutica" me ha ayudado a conocerme más y a descubrir todo lo que todavía tengo que mejorar de mí misma. Volver a leer lo escrito me enfrenta a sentimientos y emociones que una vez viví y ahora, con la perspectiva de los años, una ligera e ingenua sonrisa de complicidad se dibuja en mi rostro al descubrir que la mujer que fui ha hecho posible la mujer que ahora soy.
Espero que podais leer estas palabras con el prisma de la década que hemos dejado atrás, que recordéis cómo erais vosotras en 1997 y comprendais que la vida nos ofrece siempre una segunda oportunidad, sólo tenemos que estar atentas y no dejarla escapar. Los amores pasados nos han permitido acceder a los amores presentes y las heridas nunca han sido en vano, las cicatrices internas son una válvula que nos avisa que debemos valorar cada minuto que vivimos como si fuera el último.
¿Qué hubiera pasado si no me hubiera despertado aquel 5 de diciembre de 1988?
Aquí os dejo con el primer capítulo del relato. Espero vuestras críticas y prometo escribir "Mi sentido perdido" en versión actual, justo en la frontera de mis cuarenta años. Puede ser total !!! jajaja
Bona nit!!!
Mi sentido perdido (primera entrega de 3)
Últimamente no doy una. Me he empeñado en fingir que una poderosa gripe se ha apoderado de mi cuerpo y no me quiere abandonar. Es cierto que me duele horrores la cabeza -dice mi madre que es por la fiebre, pero no paso de los 37,03º- estoy congestionada y noto un cosquilleo en mi frente muy difícil de explicar, que me hace estornudar por etapas. Pero yo sé que hay "algo-más" que recrudece mi estado y me convierte en un alma en pena deambulando por esta casa grandiosa y solitaria desde tu partida. Y ese "algo-más" me preocupa.
Acabo de descubrir que la última vez que me corté las uñas me olvidé la del dedo meñique de mi mano izquierda -será que me acerco vertiginosamente a esta edad en que una piensa que ya no puede ser considerada ni una adolescente, ni siquiera una jovencita, sino ya una "s-e-ñ-o-r-a" con todas las letras- A lo mejor deseo retener el tiempo y congelarlo para no tener que confesar que, en el borde mismo de mis primeros treinta años, no he dado aún respuesta a los enigmas del mundo que me rodea, ni a mis fantasmas cotidianos, ni siquiera he conseguido calmar mi propia conciencia, testaruda y rebelde.
Una de mis gatas está a los pies de mi cama, relajada y feliz, ajena a todo y respirando acompasadamente. Contemplo unos segundos el desafío de su figura descaradamente felina y no puedo evitar envidiar, con todas mis fuerzas, su delicada elegancia y su porte de gata atigrada reluciente y poderosa.
Me contemplo en mi estado actual: en el fondo temo escudriñar en mi espíritu por miedo a encontrar algún leve indicio de flaqueza. Sorprendo a la soledad pegada a mis párpados, descansando sobre mis mejillas, saltando entre las yemas de mis dedos y arrastrando tras de sí un dolor antiguo y tenaz, construido por recuerdos que me acechan desde lejos como si fuesen nubarrones repletos de colores indescifrables, vacíos e inquietantes.
Me ha costado mucho aprender a vivir sin reconocer los olores de mi alrededor, después de veinte años haciéndolo con total normalidad. Aquel accidente de moto me marcó para siempre. Afortunadamente, la pérdida del sentido del olfato fue un mal menor, al lado de lo que pudo haberme sucedido. Recuerdo que fue entonces cuando te diste cuenta de que me amabas: cuando pudiste haberme perdido para siempre.
Aún ahora, después de nueve años de aquel percance, a menudo sueño que huelo y creo reconocer -vuelvo a encontrarme con- todo lo que me rodea. Incluso estando despierta si cierro los ojos y hago un esfuerzo de evocación recuerdo el olor del café recién hecho, de la mantequilla, del que desprende el limonero, de la tierra mojada después de la lluvia, de las sábanas después del amor, del deseo en tu piel... sueño que huelo y así me consuelo. La verdad es que no practico lo suficiente mi memoria olfativa, mis neuronas son perezosas (hechas a mi imagen y semejanza) y aquéllas, las responsables de descodificar esta información, se destrozaron en aquel accidente (...)
(continuará...)
Últimamente no doy una. Me he empeñado en fingir que una poderosa gripe se ha apoderado de mi cuerpo y no me quiere abandonar. Es cierto que me duele horrores la cabeza -dice mi madre que es por la fiebre, pero no paso de los 37,03º- estoy congestionada y noto un cosquilleo en mi frente muy difícil de explicar, que me hace estornudar por etapas. Pero yo sé que hay "algo-más" que recrudece mi estado y me convierte en un alma en pena deambulando por esta casa grandiosa y solitaria desde tu partida. Y ese "algo-más" me preocupa.
Acabo de descubrir que la última vez que me corté las uñas me olvidé la del dedo meñique de mi mano izquierda -será que me acerco vertiginosamente a esta edad en que una piensa que ya no puede ser considerada ni una adolescente, ni siquiera una jovencita, sino ya una "s-e-ñ-o-r-a" con todas las letras- A lo mejor deseo retener el tiempo y congelarlo para no tener que confesar que, en el borde mismo de mis primeros treinta años, no he dado aún respuesta a los enigmas del mundo que me rodea, ni a mis fantasmas cotidianos, ni siquiera he conseguido calmar mi propia conciencia, testaruda y rebelde.
Una de mis gatas está a los pies de mi cama, relajada y feliz, ajena a todo y respirando acompasadamente. Contemplo unos segundos el desafío de su figura descaradamente felina y no puedo evitar envidiar, con todas mis fuerzas, su delicada elegancia y su porte de gata atigrada reluciente y poderosa.
Me contemplo en mi estado actual: en el fondo temo escudriñar en mi espíritu por miedo a encontrar algún leve indicio de flaqueza. Sorprendo a la soledad pegada a mis párpados, descansando sobre mis mejillas, saltando entre las yemas de mis dedos y arrastrando tras de sí un dolor antiguo y tenaz, construido por recuerdos que me acechan desde lejos como si fuesen nubarrones repletos de colores indescifrables, vacíos e inquietantes.
Me ha costado mucho aprender a vivir sin reconocer los olores de mi alrededor, después de veinte años haciéndolo con total normalidad. Aquel accidente de moto me marcó para siempre. Afortunadamente, la pérdida del sentido del olfato fue un mal menor, al lado de lo que pudo haberme sucedido. Recuerdo que fue entonces cuando te diste cuenta de que me amabas: cuando pudiste haberme perdido para siempre.
Aún ahora, después de nueve años de aquel percance, a menudo sueño que huelo y creo reconocer -vuelvo a encontrarme con- todo lo que me rodea. Incluso estando despierta si cierro los ojos y hago un esfuerzo de evocación recuerdo el olor del café recién hecho, de la mantequilla, del que desprende el limonero, de la tierra mojada después de la lluvia, de las sábanas después del amor, del deseo en tu piel... sueño que huelo y así me consuelo. La verdad es que no practico lo suficiente mi memoria olfativa, mis neuronas son perezosas (hechas a mi imagen y semejanza) y aquéllas, las responsables de descodificar esta información, se destrozaron en aquel accidente (...)
(continuará...)
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