| Nuestra gata Clara, al sol. |
Entonces es cuando Amapola se pronuncia contundentemente: ¡de aquí no se mueve nadie, esta es nuestra familia!!
Y así hemos seguido todos estos años (con las precauciones de vetarle a nuestra familia gatuna la entrada a nuestra habitación), extremar la limpieza y con el esfuerzo sobrehumano por parte de Amapola de no acariciarles para no empeorar su salud. Ha tenido que ser un proceso de adaptación lento, y llegamos al acuerdo de que yo debería doblar mis caricias y acariciarles de mi parte y también de la suya, por supuesto. Por su parte, nuestra gata Clara, nunca ha dejado de establecer con Amapola una conexión exclusiva, no mediante el tacto, sino con un lenguaje propio (una especie de maullido extraño) y que solamente entendían ellas dos. Y estos días atrás, debido a que ya eran varios los achaques que iba sumando nuestra gata sobre su salud desde hacía tiempo, agravados en las últimas semanas, hemos tenido que aceptar que Clara ya no tenía una vida digna y ayudarla a que tenga una muerte al mismo nivel que ha tenido su vida: llena de amor. Y como acto de amor hemos dado los pasos necesarios, tristes desde la decisión y duros en su ejecución, para que nuestra gata Clara deje de sufrir.
Ayer tarde, después del paso por la veterinaria, emprendimos camino hacia LLubí, a 40 kilómetros de Palma, bajo una lluvia intensa y persistente. Allí enterramos su cuerpo en la tierra húmeda, donde ya descansa junto a Sam y Ros, los dos perros de mi cuñado Joan y mi hermana Tere. Y así es como Clara vuelve a la pachamama para alimentar al laurel que hay sembrado junto a ella y para demostrar que el ciclo de la vida y la muerte se retroalimenta, incesantemente. Sin que apenas lo percibamos, o sí.
Lo que siempre llevaremos en nuestro corazón es su amor, su calidez, su dignidad de gata atigrada y todo lo que hemos aprendido gracias a ella y junto a ella y al resto de familia gatuna y perruna: y es la certeza absoluta de que la especie humana tiene mucho que aprender todavía de los animales y que la civilización no se mide por la tecnología, sino por cómo la humanidad trata a los animales.
Clarita bonita, mi Maricler, gracias por tanto amor. Y gracias, Amapola, por elegir la familia gatuna aquel día y todos y cada uno de los días que siguieron, porque es gracias a ti y a personas como tú y como la abuela-cuidadora de Clara, nuestra querida amiga Mónica Rossetti, que confío en que la especie humana algún día... se podrá llamar civilizada.
| Nuestra gata Clara, después de escuchar mi macauuuuuuuuuuu. |
Por nuestra gata Clara 1994-2012, in memoriam.





