Canicas...redondas, transparentes, de nácar, grandes, medianas, pequeñas, de vivos colores: verdes, azules, amarillas, naranjas... las canicas me transportan a mi infancia, cuando jugábamos en la calle y la vida era más sencilla.Yo tenía una caja de lata, llena de canicas multicolores. Una niña menuda, vivaz, cabezota... la niña que fui les ganaba a los niños del barrio jugando a las canicas. Mi madre estaba orgullosa de los callos que coronaban los nudillos de mi mano derecha de tanto jugar, mi madre, siempre apoyándome, subiéndome la autoestima. No me extraña que ya a los cinco años en el colegio dijeran que yo tenía espíritu de líder. Mi madre siempre ha pensado que yo llegaría a ser algo importante. Y lo más importante que llego a ser es a ser yo misma, transparente, como las canicas... intentando ser coherente, vulgar, sencilla, aprendiendo cada día a saber transmitir a las personas que quiero toda mi ternura. Y no siempre lo consigo. No es tarea fácil saber empatizar, acompañar, a veces me empeño en racionalizarlo todo y me adelanto al momento... la verdad es que tengo todavía mucho que aprender en este aspecto. Llevará razón mi madre cuando consiga este reto, mientras tanto, practico la paciencia y la fuerza de voluntad como aspectos de mi carácter que se empeñan en no permanecer mucho tiempo a mi lado. Aunque ilusión por conseguirlos no me falta!
Una caja llena de canicas... ése ha sido el regalo más hermoso de los últimos tiempos. Amapola me conoce y sabía que este regalo me calaría profundo hasta retrotraerme a la infancia, cuando la vida empezaba y los sufrimientos eran de otras personas...
Volver a llenar mis manos de canicas ha sido recuperar un placer antiguo. Ha sido verme a través del espejo del tiempo. Las bolas de cristal son mágicas, independientemente de su tamaño y color.
Gracias, Amapola, por hacerlo posible. Gracias por ser mi bálsamo.
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