Con tanta trascendencia, mis estornudos han cesado, cosa rara. Como mi madre me ha hecho llegar comida a casa, "no te levantes a cocinar que cogerás frío" -me ha dicho por teléfono- aprovecho para llenar mi estómago de algo sólido y de sopita caliente. Cojo un edredón y me dirijo al sofá, con todo a punto, enciendo el televisor y... ¡Qué horror! ¡No puede ser!, esto es un tormento, un boicot psicológico: ¡Todo son anuncios de colonias! Bueno, también hay perfumes (y no olvidemos los ambientadores del hogar). No es justo. No me basta con ser una minusválida neuronal carente de descodificador para todo lo que entra por mi nariz (tengo nariz, ¿eh?), sino que los spots publicitarios previos a este inevitable aluvión-consumista-pre-navideño hacen referencia al oler y al ser olido u olida, depende. Y no acaba aquí todo. Después vienen los Reyes Magos. Casi nada. La fragancia que te viste, el olor para mí, el olor para él, el olor para mi casa y así sucesiva y monótonamente. Es como un martilleo constante de neuronas enfurecidas en mi cerebro -las otras, las que sobrevivieron- una especie de rabia al no poder ir a una perfumería y hartarme de pedir muestras de este perfume, aquél y el de más allá; una impotencia incomprendida que me invade al no poder distinguirte por tu aroma, sino sólo por la magia del contacto de mis labios en tu piel o por el calor que desprenden tus abrazos.
Es inevitable: la maldita Navidad llega a nuestros hogares. Vueeeeeelve a casa, vueeeeeelve (menos mal que éste es de turrón). Y yo aquí, más tirada que la una, buscando un motivo para que el aburrimiento no me venza, deseando estar en otra parte -tú ya sabes cuál- haciendo esfuerzos para no imaginarme atracando una perfumería, por cierto, ¡seguro que yo tendría una coartada perfecta!. Riiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiing! Buen momento para sonar el teléfono.
Descuelgo:
- ¿Sí?
- Estoy un poco mejor.
- No, no hace falta que vengas, que...
- No, que no me moriré por un simple resfriado, no, no tengo fiebre...
- sí, ya lo sé, pero tú también estás bien cargada de los bronquios como siempre, te lo noto en la voz, ¿a que no has ido a la consulta de tu médica?...
- sí, lo sé, la hija soy yo, pero te recuerdo que dentro de diez días cumplo treinta años, por cierto...
- Bueno, sí, lo haré, que sí, que sííííí...
- Te llamaré si te necesito, vale, adéu[1].
- Sí, adéu, adéu.
Cuelgo.
Era mi madre otra vez. Ya me ha llamado dos veces. Como siempre haciendo intentos para que yo siga siendo una mimada odiosa e inaguantable. La adoro, aunque no me deje crecer.
Intuyo que todo esto en el fondo no debe ser más que consecuencia de esta crisis tan "sui generis", del hecho de no poder evitar tener que anteponer, dentro de escasos días, un tres en lugar de un dos cuando pasen los años. Este sentimiento es como una Espada de Damocles muy particular aunque, en el fondo, no sea más que hacer una montaña de un grano de arena. ¿Realmente ignoro lo que me ha hecho fingir esta especie de gripe emocional? Tal vez sólo sea el temor a que mi madurez parezca un espejismo lo que hace que me niegue a profundizar dentro de mí y a esconderme tras los mocos, las pataletas y la idea fija de permanecer encerrada en casa, con el sol tan espléndido que hace fuera. Aquel "algo-más" planea de nuevo por mi cabeza como un satélite girando en su órbita. ¿Será el miedo a hacerme mayor? ¿Será el miedo a estar sola? ¿Será que llega la Navidad y yo con estos pelos? ¿Será que no sé qué perfume comprarme porque, me ponga el que me ponga, no notaré el resultado? ¿Será que estoy a punto de dejar un trabajo que me gusta para poder llegar a hacer otro que me guste más? ¿Será que no sé lo que es, ni sabré nunca lo que pudo haber sido? Sea como sea, voy ahora mismo a ponerme el termómetro, creo que esta vez va en serio y estoy de-li-ran-do. ¿O serán también imaginaciones mías este estrés, esta angustia por lo nuevo, este agobio, esta soledad autoimpuesta, estas alucinaciones olfativas, estos kilos de más? (no, esto último seguro que no, sin olfato sí, pero anoréxica a estas alturas, ni hablar). A ver... 36,92º, no, no tengo fiebre.
Pues sí, a veces suelo tener alucinaciones olfativas, es decir, que creo oler algo que posiblemente no exista en realidad en ese preciso instante, pero que a pesar de ello lo huelo y soy consciente de que es fruto de mi imaginación. Vamos, una alucinación. Pero parece real, insisto. A mí me basta. A falta de pan...No sé, entre esta Navidad que se adivina pegajosa, con obligación incluida de ser feliz, mi sentido perdido (el olfato, claro), mi complejo de vaca suiza y mi futuro profesional en vilo, no sé cómo voy a llegar a fin de año. Bueno, sea como sea que sea ya, me da lo mismo, mientras vuelvas a mi lado y todo sea como antes y me abraces y me mimes y me protejas y me dejes imaginar, como cada noche, que tu piel huele a hierba fresca y tu cabello a jazmín, la misma diminuta flor que, de pequeña, siempre recogía del suelo a la vuelta del colegio y le entregaba a mi madre que, sin dejar de coser, la introducía en uno de los orificios de su respingona nariz.
[1] "Adiós" en mi lengua materna. (Nota de la autora).
He empezado con la versión "crisis de los cuaren..." jajaja
1 comentario:
Piensa que el olfato fue un mal menor a lo que podia haber sido, disfruta de tus otros sentidos que siempre has sabido hacerlo.
por cierto sigo escondiendo mis manos al frio.
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